Aunque el rey persa Darío I gobernó las ciudades griegas con tacto, apoyo el desarrollo comercial de los fenicios, que formaban parte de su imperio y eran rivales tradicionales de los griegos.
Cuando los jonios perdieron ante los fenicios sus florecientes ciudades de Naucratis y de Síbaris incubaron un resentimiento contra el opresor persa y fueron a la guerra aliados a Atenas, Eretria y otras urbes de la Hélade. Las ciudades-estado griegas perdieron un tercio de sus hombres, pero mantuvieron su independencia y detuvieron el avance del Imperio persa.

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